Hacer sobre un trozo de tela o esterilla un trabajo creativo y lúdico, incorporar un detalle que lo convertirá en lago único y particular es un bordado hecho a mano, es un arte.
Al parecer, el hombre de hace miles de siglos tenía muy claro el tema. Los pueblos protohistóricos, preocupados por adornar y embellecer su vestimenta, comenzaron a bordar y lo hicieron con una espina de pescado o un hueso afilado, más tarde se perfeccionaron y usaron agujas de madera, marfil y metal, también se ingeniaron para el uso del hilo; se cree que los primeros fueron lana.
La actividad del bordar siempre reflejó el gusto y la condición social de quien lo realizaba. En esos lejanos siglos se reservaba para ser ejecutados por finas manos y talentosas, las cuales adquirían gran prestigio al hacer un bordado maravilloso. Se practicaba en las cortes, claustros o en grupos elitistas de alto nivel social.
Los años y siglos siguieron pasando y el bordado continuaba haciendo historia. Así llegamos al período medieval o Tudor en el cual se crearon piezas lindas y complejas. En Occidente, aprovechando la técnica y los conocimientos que provenían de las zonas orientales, el bordado logró su auge. Era la época de las cruzadas y a partir de los siglos XI y XII los jubones – vestidura ajustada al cuerpo que cubre desde lo hombros hasta la cintura – y estandartes – insignia de tela pendiente de un asta – se lucieron con llamativos bordados que producían temas religiosos o caballerescos. Fue entonce cuando nacieron los gremios de bordadores especializados.
Mientras en Córdoba, Almería y Granada (Sur de España) los musulmanes fundaron importantes escuelas de bordado. En el siglo XIX, se comenzaron a usar máquinas de bordar que en muchos casos reemplazaron la inigualable y compleja tarea de artesanos. Sin embargo, la labor del bordado a mano conservará por siempre la calidad, dedicación y prestigio, además de la pasión con que se realiza.
Ahora en día los bordados son más simples, pero con gran énfasis en el estilo del artista que los crea.